¿Cometer errores es algo terrible?

(extracto del libro "Trampas mentales volumen 1: Victimismo", por Sergio Moreno)


Derivado de nuestro temor a la crítica, viene el siguiente sesgo cognitivo. Creer que cometer errores es algo anómalo. Creer que dice cosas terribles sobre nosotros.


Nos han educado en el error. En el correcto/ incorrecto. En el bueno o malo. En enfocarnos en las cosas que no tienen matices. No nos han educado en lo que de verdad potencia el aprendizaje: la curiosidad. Y la curiosidad está llena de baches, recovecos y cambios de camino.

Una de las consecuencias más dramáticas de no permitirme errores es lo que se llama perfeccionismo. Como me enfoco en el error, no valoro el camino recorrido. Como me enfoco en el error, no soy cada de ver que se pueden conseguir cosas sin saberlo todo. Se pueden conseguir cosas sin tener todas las circunstancias controladas. Se pueden conseguir cosas sin que todas las piezas están absolutamente perfectas. De hecho, cuanto más me empeño en controlar todo, en saber todo, y en perfeccionar cada detalle por irrelevante que sea, más me suelo alejar de acabar las cosas.


El perfeccionismo lleva a la parálisis. Creer que si sé todo, entonces llegaré, nos hará abandonar multitud de proyectos, debido a que pronto nos damos cuenta de que saber todo es inabarcable. Necesitamos echar a andar con nuestras debilidades, de lo contrario no echaremos a andar. Por eso, el perfeccionista patológico no suele conseguir objetivos o finalizar proyectos. Las circunstancias puntuales, los baches, los errores, suelen ser parte indispensable del camino. Sin ellos es difícil llegar a la meta. El camino está plagado de cosas incontrolables. Podemos aprende a disfrutar y aprovecharnos de ellas y verlas como algo anómalo y entonces paralizarnos.


El perfeccionismo y la parálisis están estrechamente ligados al pensamiento de todo o nada. Si no hago algo bien es que no hago nada bien. Si no alcanzo la perfección, no puedo estar satisfecho. Este tipo de personas a veces pasa del blanco al negro sin ningún matiz de por medio.


El perfeccionista ha aprendido a serlo o bien por imitación de sus padres, o porque estos le han educado en que su mirada dependa de los resultados obtenidos. Niños que acaban interiorizando la idea de “yo soy mis resultados”. Seguramente les premiaron sólo por los logros y no por el esfuerzo. La presión por intentar controlar las circunstancias que llevan a resultados acaba derivando en ansiedad, a veces crónica. La ansiedad tiene que ver sobre todo con el control y el perfeccionismo.


Por lo tanto, le aterra equivocarse. En el fondo, esta exigencia está condicionada a la mirada de los demás, no a la suya propia. El perfeccionista acaba viviendo una vida que no le corresponde, en función de las expectativas que cree que tiene que cumplir. A menudo, por su propio perfeccionismo, se pone metas desmesuradas que agravan el problema. Como sólo se centra en lo que falta, no es capaz de disfrutar de los pequeños progresos. Cree que todo hay que medirlo en términos de logros y resultados. Se olvida del camino, que en realidad es lo que importa.


Igual que veíamos en el capítulo sobre las metas, la clave está en centrarse en el proceso, no en la meta. ¿Qué convierte a un músico en buen músico? ¿El sufrimiento o el placer? Seguro que hay momento de más o menos presión o dificultad, pero uno elige en qué centrarse: en el placer de la actividad o en lo que me falta. El perfeccionista se centra en lo que me falta por conseguir, luego se niega el derecho a disfrutar. El disfrute metódico influye en la motivación. La motivación influye además en una mayor atención. Y la atención y la motivación nos dan energía para seguir. Debemos aprender a disfrutar de lo conseguido, ya que es la clave para solucionar o mejorar lo no conseguido.


Los filtros negativos que aplica el perfeccionista le hace ver sólo los errores, impidiendo ver las cosas luminosas de si mismo, de los demás y de la vida. Si sólo veo errores, es fácil deducir que soy un desastre y desmotivarse. Si contemplo los errores como parte de un panorama más amplio donde hay aciertos y errores, estos me motivarán a mejorar, no a paralizarme.


No caigas en el error contrario: aplicar filtros positivos. Es decir, ver sólo los aciertos. Esto puede llevar también a cierta parálisis porque creas que hay menos camino que recorrer del que en realidad hay. Celebra tus aciertos y corrige tus errores. A los logros se llega viendo ese panorama amplio en el que hay éxitos y cosas que faltan, y no centrarte especialmente en ninguna de ellas, sino en disfrutar del proceso.

Cuando alguien nos dice “no se puede” y le creo, estoy creando una realidad propia en la que no se puede. Si hago oídos sordos y pregunto “¿Cómo se puede?”, mi realidad cambia.



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