Aprender a pensar (2)

Actualizado: 15 de oct de 2019

“Si puedes pensar, hablar y escribir, eres completamente letal!!!”. Jordan Peterson. 


Si puedes formular coherentemente tus argumentos y hacer una presentación, si puedes hablar con gente, si puedes defender una propuesta, las oportunidades se multiplican. Es decir, las oportunidades no llegan solas. Llegan aprendiendo a pensar. Y ésta suele ser la tarea más difícil. El precio que se suele pagar por el éxito suele ser la cantidad de horas que tienes que pasar pensando.


La sociedad nos prepara más bien para lo contrario, para ser obreros obedientes, lo cual no deja de ser un anacronismo heredado de la era industrial. La sociedad, más que nunca, necesita gente que se pare a pensar. Va a ser la única forma de parar el colectivismo ideológico al que nos está sometiendo la política, y en el que muchas veces caemos precisamente porque nos han enseñado a pensar. No nos han enseñado a contrastar los datos, a comparar, a buscar las trampas de los argumentos, a defendernos de las manipulaciones, a buscar otras interpretaciones, a buscar la racionalidad, a no dejarnos atrapar por los mensajes emocionales,…


Aprender a expresarse es lo más peligroso que puedes llegar a ser. Te otorgará responsabilidad e independencia en tu vida, sin necesidad de que nadie tenga que tenga que venir a salvarte la papeleta.

Tu mejor defensa. Tu mejor ataque. Aprende a expresarte. Aprende a escribir, Aprende a pensar.


Hoy te quiero hablar de una primera recomendación en el difícil arte del pensamiento: SÉ ESCÉPTICO.


“Nuestras convicciones más arraigadas, más indubitables, son las más sospechosas. Ellas constituyen nuestro límite, nuestros confines, nuestra prisión”. José Ortega y Gasset.


Piensa en la multitud de mensajes que recibes en el día a día, de los medios, de las redes, de tus jefes, de tus amigos y familia, etc. Selecciona algunos e intenta hacer este análisis desde la posible batería de preguntas que te propongo:


¿Qué se dice? ¿De dónde proviene lo que nos dicen? ¿Quién lo dice? ¿De dónde viene quien nos lo dice? ¿Por qué nos lo dice? ¿Cómo es la persona que nos lo dice? ¿A qué grupo o ideologías pertenece? ¿Qué cualidades le atribuimos a la persona que nos lo dice? ¿Cuáles de esas cualidades podemos saber que son ciertas? ¿Cuáles de esas cualidad son simplemente creencias, prejuicios o las damos por hechas? ¿Qué gana la persona con decirnos lo que nos dice? ¿Qué pierde? ¿Qué ganaría o perdería con otro discurso?


Debemos revisar nuestras CREENCIAS.

La información verdadera se mezcla con información falsa a una velocidad de vértigo. Vamos seleccionando con el objetivo de entender, filtrando mucho por el camino. Los medios de comunicación quieren aumentar el rating, y no siempre se consigue con información verdadera. Es el consumidor el que debe diferenciar entre lo verdadero y lo falso. Muchas noticias no es que sean falsas en sí misma, sino sesgadas, sacadas de contexto y puestas bajo un foco particular que condiciona cómo se percibe el asunto.


Aquí la cosa se complica, ya que nuestra mente debe aprender a ser analítica y racional y conocer todas las trampas de percepción en las que cae nuestro cerebro, ampliamente estudiadas por la psicología. Un ejemplo es el efecto “HALO”, que provoca entre otras que atribuyamos mayor veracidad a lo que se nos dice en función de QUIÉN nos lo dice, si a esa persona le atribuimos competencia o veracidad. Somos tan simples que se ha demostrado cómo las personas atractivas lo suelen tener más fácil en la vida, porque a partir de la belleza les atribuimos otras características positivas sin que tengamos pruebas de ello. El efecto “HALO” en acción. La televisión es efecto “HALO” en acción. Tendemos a no juzgar demasiado lo que nos aparece en la pantalla ya que atribuimos veracidad y “expertise” al medio en sí, sin tener en cuenta multitud de factores que hay detrás.


Nos enseñan a categorizar en pares de opuestos, sin ver los matices o las múltiples subcategorías que puede haber entre los dos opuestos. Vivimos con la espada de Damocles encima todo el tiempo temiendo pasar de un extremo a otro. Creemos que lo que no es bueno, solo puede ser malo. Sin matices. Lo que no es perfecto, es una mierda. Por eso nos aterra cometer errores. Por eso se producen tantos problemas de ansiedad. La vida tiene que estar en un extremo y si no, por definición, estará en el otro. Los buenos y los malos. Los míos y los otros. Por supuesto, los míos son los buenos y los otros, son tontos, malos y feos. Los hombres y las mujeres. Los ricos y los pobres. Los oprimidos y los opresores. Lo bello y lo feo. Empobrecemos muchos la realidad al dividir el mundo en categorías absolutas. Si mis padres me han dicho que tenía que ser tal cosa porque se me daba bien, parece que tengo que ser tal cosa porque si no, no soy nada.


Pero….”las certezas empobrecen”.


“¿Por qué lo sabes?”. “Porque lo sé”. Una vez en una charla que impartí, una persona afirmaba una creencia absoluta del tipo “para que alguien gane, otro tiene que perder, siempre,…”. La primera pregunta que le hice era qué pruebas tenía de esa afirmación. Contestó que su propia experiencia de vida. Al seguir indagando en cuáles eran esas experiencias concretas y pinchar un poco, la creencia se fue desmontando rápidamente, sobre todo porque no había realmente experiencias concretas, sino sólo creencias.




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