El aura del guardián - extracto del libro -

-Extracto del libro "El aura del guardián", novela de desarrollo personal en formato de historia de fantasía espacial. Para jóvenes y no tan jóvenes-



Shenkil se despertó, como siempre, azotado por las pesadillas. Recordaba pocas noches de paz desde que vivía en Uthopia, su actual mundo de adopción. Los fantasmas del pasado lo abrumaban. Noche tras noche.


La culpa. El demonio de la culpa.


Su mujer dormía a su lado. En su rostro no había dolor. Solo serenidad. Contempló su cuerpo desnudo, mientras se secaba el sudor con la sábana. Se fijó en su pelo enredado, sus labios carnosos y sus formas redondeadas aún jóvenes. Su mujer ya no le atraía como antes, pensaba. En realidad, nada lo hacía. Ni siquiera su mundo perfecto le hacía olvidar de dónde venía. Y quién era él. Aunque trataba por todos los medios de hacerlo.


Se deslizó hasta el cuarto de baño. El aeroespejo le devolvía la mirada mostrándole una cara joven, pero desencantada. Accionó el programa de ducha tibia con sus manos y no con la voz, para no hacer ruido. Una de sus últimas chifladuras consistía en darse tres o cuatro duchas diarias. Le aliviaba el dolor y el aburrimiento, como si el agua golpeando su cuerpo pudiera llenar algún vacío.


Voy a despertar a Wenda”, pensó, y anuló el programa de ducha. Salió de la cabina y cogiendo un albornoz, se dirigió al estudio. Los últimos días había pasado allí más horas de lo que su mujer estaba dispuesta a tolerar. Su nuevo pasatiempo lo tenía bastante absorbido: una grabación de voz con algunas historias. Algunas partes de su vida. Cosas que había empezado a sacar fuera. A poder hablar de ello.



No eran unas memorias. Cualquiera pensaría que era demasiado joven para tenerlas. Prefería pensar en ello como si fuera una terapia. El intento de convivir y congraciarse con los fantasmas que lo atormentaban.


De momento, no es que hubiera contado nada sustancial. Algunas aventuras inconexas y recuerdos amables de amigos y amantes, así como algunas partes positivas de su infancia, era todo lo que hasta ahora había podido rememorar y registrar en los cristales de grabación.

Esta noche, su actitud era distinta. Era el momento de rendir cuentas. De mancharse las manos.


“Debo contar quién soy y cómo llegué aquí, para los que puedan venir.”


Accionó el cristal, titubeó unos segundos y comenzó a hablar acercándose el aeromicro:

“La galaxia. Debería empezar hablando de nuestra galaxia. Una vasta inmensidad de sistemas estelares habitada por millones de especies pensantes diferentes. Algunas pacíficas, otras beligerantes, pero en su mayoría con un grado de desarrollo espiritual y humano muy por debajo de su desarrollo tecnológico. Algunos sistemas evolucionados a veces velan por el normal desarrollo de otros menos adelantados. Otras veces, los menos, algunos sistemas menos benevolentes se aprovechan de ellos. Entidades inteligentes pero poco desarrolladas a nivel de consciencia y empatía pueblan estos mundos, y son gobernados con frialdad y mano de hierro. El Gobierno Central Galáctico se creó con el objeto de evitar las malas acciones e intenciones de algunos y de velar por la paz y la seguridad en todos los rincones de la Galaxia. Respondía también a la necesidad de promover el libre intercambio de mercancías entre los distintos sistemas. Todos los mundos responden, teóricamente ante el Consejo del Gobierno Central Galáctico, aunque la realidad tiene muchas aristas. Complicaciones. Uthopia, el planeta donde resido hace 7 ciclos, es el único que ha permanecido al margen del gobierno central. Su sistema económico y situación geográfica lo hicieron posible. Pienso en él muchas veces como el rincón más solitario y alejado de la galaxia. Y de hecho, lo es.”


Carraspeó un poco.


“Este mundo, liberado de los condicionamientos de una economía basada en el beneficio, ha desarrollado una gestión sostenible basada en los recursos; aprovechando de forma ilimitada la energía de su estrella-madre, su energía geotérmica y la propia energía magnética del planeta. Su autosuficiencia es tal, que el trabajo se ha desplazado por completo a las máquinas. Los ciudadanos tienen un tesoro del que no todos disfrutan en la galaxia: tiempo libre. Uthopia produce todo lo que necesita con facilidad y sin necesidad de cogerlo de otra parte, ni de crear excedentes. Al no haber nada con qué comerciar, para el Gobierno no fue una decisión difícil quitárselo de encima. Más bien una liberación. Un grano menos en el culo. Una pequeña infección que, de no erradicarse, contagiaría a todo el sistema. Al menos eso pensaban los que están arriba.

Uthopia. Tan diferente a todo lo que he conocido. Me llena de orgullo el estar aquí y el haber sido acogido como un ciudadano más. Sin preguntas. Sin condiciones. En este tiempo, he aprendido a sentir el planeta y su capital, Alipolis, como míos.

Pero este no es mi mundo.”


Carraspeó de nuevo. Tomó aire.


“Aunque la historia de dónde nací la dejo para más adelante, sí me gustaría hablaros de dónde crecí y viví la mayor parte de mi vida. Fue en un planeta a muchos quartons de distancia de aquí llamado Minara. Fue invadido por los eclodianos hace 7 ciclos, en las llamadas guerras bóricas. Uno de los tantos conflictos causados por el control de la esterita. Actualmente, Minara, es simplemente eso. Un mundo dominado. Felizmente dominado. Los antiguos ciudadanos “libres” de Minara aceptaron de buena gana el nuevo régimen fascinados ante las promesas de felicidad artificial de los eclodianos: trabajo para todo el mundo y legalización de todas las diversiones. Las drogas genéticas, los macrojuegos virtuales y otros adormecedores de conciencia, se han convertido en los productos más consumidos de Minara, mientras sus invasores succionan y exprimen hasta la última gota de su jugo al planeta.”


“Supongo que mi historia es la historia de mi fracaso en evitar aquella invasión. Y debido a ese fracaso acabé en los confines de la galaxia. Hui. Me marché de allí dejando atrás a mis compañeros.”


- fin del extracto -


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